Si pudieras entender que vengo de un lugar muy lejano, donde las flores no crecen y el sol no amanece, donde la noche es eterna y la luna está quieta. Caminé tanto hasta encontrarte, pasando noches de frío, tratando de contar las pocas estrellas que quedaban en el cielo sin apagarse, hablando conmigo mismo para que el silencio de tal tranquilidad no me volviese loco. A lo lejos, en el horizonte, podía observar unos pequeños destellos de luz que llamaban mi curiosidad. No sabía si abandonar aquel lugar en el que estaba, a pesar de ser una tierra muerta ya me había acostumbrado y me sentía cómodo viviendo en esas tierras vacías.
A medida que más me acercaba mi piel volvía a recuperar su tonalidad, dejando de ser tan pálida, el frío se sentía menos en cada kilómetro que recorría, la oscuridad se volvía cada vez más clara. Mientras más me acercaba a tu luz, las flores y los árboles se hacían más recurrentes, como si tu sola presencia hiciese posible que alguien como yo notase la vida; eras lo más cercano al sol que tenía.
Cuando te encontré no sabía si estaba en presencia de un ángel. Tus ojos parecían dos estrellas sacadas del cielo, tu cabello era tan oscuro como la noche, tus labios tan irresistibles como una invitación al pecado. Cuando me extendiste tu mano, al tocarme, encendiste en mí una chispa que hace mucho tiempo se encontraba apagada, el tacto de tus caricias me hacían sentir como un humano otra vez, me sentía tan feliz viviendo en mi propia utopía.
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