lunes, 6 de junio de 2016

No sé quién sos, no conozco tus miedos, tampoco cuáles son tus anhelos. Tus ojos carecen de deseo alguno, tus pupilas se dilatan a medida que acercamos la mirada. Puedo notar la oscuridad que se esconde detrás de ese marrón tan común. Trato de esquivarte lo más posible, pero hay veces donde no puedo evitar observarte fijamente. Porque me gustaría reconocerte, decir que somos la misma persona. No creo que tengamos los mismos objetivos, aunque ninguno de los dos sepa si tiene alguno.
Simplemente somos muy distintos, aunque siempre veo una parte de mí reflejada en vos. Compañeros de viaje sin mucho que decir, es algo que nos podría describir a la perfección. Eso de imitarme te sale muy bien, hasta podrían confundirnos diciendo que somos gemelos. Porque a la vez somos muy parecidos, al menos en cuanto a lo físico. No sé qué pensas, tampoco te gusta hablar mucho sobre lo que te aflige. No hacen falta palabras para comunicarnos, no existe silencio incómodo entre nosotros, no hay nada de qué avergonzarse.

sábado, 4 de junio de 2016

Divagando

Soy una persona sin mucho que decir, sin mucho que contar. Alguien en busca de algo que parece inexistente, un orgulloso sin remedio.  Un alma en pena vagando libremente en un mundo lleno de dolor y alegría. Un mundo lleno de contrastes, donde todo depende de que perspectiva observes el vaso. ¿De qué se compone la realidad? Tristeza, felicidad, odio, amor, maldad, bondad. Es un conjunto de sensaciones, una mezcla de sabores que nos recuerdan que estamos vivos. La vida vale la pena cuando se tiene algo por lo cual luchar, algo que le de un verdadero significado a nuestra existencia. De otro modo somos simples fantasmas, entes incorpóreos atrapados en el tiempo. No hay dónde escapar, la única solución es enfrentar la realidad que nos toca. Hay quienes desesperan al no encontrar una respuesta, y quienes escarban hasta el último rincón de sus mentes con tal de encontrar una sola pista que los ayude.
Nadamos en un mar lleno de incertidumbres, sin la garantía de saber si algún día llegaremos a tocar tierra firme. Corremos tras un horizonte que no parece tener fin, hasta que en algún punto nuestros pulmones se encuentran muy agitados, nuestras piernas a punto de derrumbarse. Es en ese momento cuando nos preguntamos si realmente todo esto vale la pena, y la cosa se hace mucho más pesada cuando nos damos cuenta de que no hay nadie que nos extienda la mano al momento de levantarnos. Nadie es lo bastante autosuficiente como para enfrentarse a la soledad y el olvido, ni tampoco lo suficientemente fuerte como para aguantar cada golpe que da la vida.