No puedo evitar sentirme lleno de ira. No sé si contra mí, contra la vida, o tal vez un poco de todo. Es algo que, aunque no quiera, se va acumulando con los años. Detrás de la sonrisa y amabilidad que trato de mantener, incluso con gente que no la merece, se esconde una bomba de tiempo. Una bomba que amenaza con explotar, pero nunca termina de hacerlo.
En mi afán por tratar de mejorar como persona contengo todo tipo de emociones y pensamientos negativos. Por eso me escondo detrás de la sonrisa, los chistes sin sentido y una actitud de relajo frente a las adversidades del día a día.
Pero, puertas adentro, siento que estoy podrido del mundo. Respirando un aire denso que llena de odio mis pulmones, hasta oprimirme el pecho.
No tengo a quién recurrir, no encuentro forma para descargarme. Sólo me tengo a mí, pero ya no sé qué hacer conmigo. No encuentro manera de estar en paz. Me nutro de estímulos para recordarme que todavía estoy vivo. Y cada vez necesito más de ellos, como si fuese adicto a una droga.
Por momentos me pierdo, y no sé quién soy. Dicen que nuestras acciones son las que nos definen. ¿Pero qué hay de los pensamientos? Qué tal si mis acciones no son más que una manera de mentirme a mí mismo, haciéndome creer en una bondad que nunca existió. No sé si vivo fingiendo, o verdaderamente soy quien creo ser. Mi cabeza quiere explotar, y la verdad ya no encuentro qué hacer.
viernes, 26 de mayo de 2017
miércoles, 17 de mayo de 2017
Vuelta a caer en esa espiral llena de incertidumbre y desconcierto, donde cada pensamiento choca contra otro. Provocando una avalancha de sensaciones que no puedo controlar. Es un momento confuso, en el cual lo único que me apetece hacer es perder la mirada en medio de la nada.
Mientras más la fijo, más pierdo el contacto con el exterior. Mientras más distante, más frío se vuelve el ambiente.
Así es como paso de estar en un lugar conocido a no saber dónde estoy parado. Los "amigos" se vuelven perfectos extraños. Las conversaciones sin sentido me llevan a callejones sin salida. Con cada callejón va tomando forma un laberinto, dejándome encerrado en el interior de sus enormes paredes. Aunque grite, llore o pida auxilio sé que nadie va a poder escucharme. Aunque espere algún milagro sé que ya estoy condenado. Es una maldición que me persigue, una cruz con la que cargo.
Mientras más la fijo, más pierdo el contacto con el exterior. Mientras más distante, más frío se vuelve el ambiente.
Así es como paso de estar en un lugar conocido a no saber dónde estoy parado. Los "amigos" se vuelven perfectos extraños. Las conversaciones sin sentido me llevan a callejones sin salida. Con cada callejón va tomando forma un laberinto, dejándome encerrado en el interior de sus enormes paredes. Aunque grite, llore o pida auxilio sé que nadie va a poder escucharme. Aunque espere algún milagro sé que ya estoy condenado. Es una maldición que me persigue, una cruz con la que cargo.
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