Estoy congelado hasta los huesos, ya no recuerdo mi nombre. Una voz me desafía, me dice que se encuentra todo en desorden. La llama de la esperanza se encuentra en sus últimos momentos, y mis piernas ya no soportan todo el peso muerto de mi cuerpo.
Trato de avanzar en terreno desconocido, queriendo recordar momentos de una vida que alguna vez estuvo conmigo. La suerte y el destino dejaron de acompañarme; dejé de creer en lo divino, ahora la muerte no para de acecharme. No tengo objetivo alguno que me ayude a seguir para delante, pero no tengo ni un segundo para dejar acobardarme. Las agujas del reloj no paran de señalarme, la luz del sol se niega a iluminarme; el tiempo no se detiene, pero al menos las heridas ya no me duelen. No tengo fuerza de voluntad, por eso el viento me guía en el camino. Una lluvia de cenizas cae desde el cielo, no habrán lágrimas ni sonrisas en el día de mi entierro.
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